Hoy fue un día fatal. La gente se peleaba en el trabajo y yo traté de sobrevolarlo despacito, sin prisa pero sin pausa, para no enroscarme en la cosita. Ahora se me pegó decir "la cosita". No como alusión de erotismo traicionado; la cosita es más bien lo que pasa, lo que queremos que pase o suponemos que pasará. La cosita es la vida; algo magnificado, algo que vale menos de lo que suponemos. Soy una versión más divertida de mi misma. Estoy a gusto en el papel, tengo el physic du rol, qué sé yo. Parece que la paso bien y me la creo. Pero en el fondo sé que no, porque soy otra. No sé cuál, ni qué querría. Estoy en otro lugar. Siempre en otro lugar. Corriendo marcha atrás sobre una alfombra que se mueve.
A veces pienso que todo es un error de traducción, que es hablando cuando no nos entendemos. Como si cada uno manejara un idioma diferente -único-, sólo franqueable con (algunos) gestos. Casi nunca entiendo bien el tono de los mensajes de texto. No me llevo bien con la frialdad del mail. Ni siquiera me siento a gusto hablando por teléfono. Corto invariablemente las comunicaciones antes de que mi interlocutor haya dicho adiós, cuando no me distraigo con otra cosa y simplemente me pierdo una parte del final. Papá lo llamaba "hacer una abstracción". El lo hacía también cuando iba manejando, o cuando se aburría en las sobremesas. Pensaba en otra cosa, se perdía en un mundo que yo siempre imaginé infinito y mucho más entretenido que la vida real. Y eso que él sí sabía disfrutar de las cosas, mi padre. Yo, en cambio, no tengo siquiera un mundo privado que me interese tanto. Pero me cuesta estar demasiado atenta a lo que pasa de verdad. Apenas me pierdo imaginando el suyo, ese que ya no hace falta traducir.
"...cómo convertir nuestras percepciones en historias, con su exposición, nudo y desenlace, cómo los fragmentos de nuestros recuerdos no cobran coherencia hasta que los reimaginamos y los pasamos a palabras. El tiempo es la propiedad del lenguaje, de la sintáxis y de las formas verbales". (Siri Hustvedt, Elegía para un americano)
A mi hijo le gusta un nuevo dibujo animado que recrea un reality show. Se llama La isla del drama, y yo pienso que ojalá el drama se quede allá en la isla por un tiempo y no nos visite. Hace mucho que las cosas están yendo bien y como buena amante del cine y la novela sé que eso tampoco puede durar tanto. Después de un tiempo, una tensión subyace detrás de ese todo que parece marchar alegremente. Puede que nos hayamos acostumbrado a buscar la realidad en las vidas ajenas para alejarnos del peligro. Para que el drama habite verdaderamente en una isla junto a todo lo demás y eso nos permita al fin vivir sin riesgos.
Leo a Siri Hustvedt. Me conmueve tanto, que corro a transcribirla, y, por primera vez en varios días quiero ser Mirinda, la que escribe para ser real.
"Esa clase de periodistas están convencidos de que se puede escribir la verdadera historia de algo o de alguien, la verdad objetiva, o, si no, reflejar las dos caras de esa verdad, como si el mundo estuviese siempre dividido en dos. [...] Nos hemos vuelto unos maniáticos de las historias verdaderas, del 'confesarlo todo'; del reality show televisivo que nos muestra a gente real viviendo una vida real..."
El título: El sexo de una atleta sudafricana genera dudas en Berlín. "Entendemos que la gente pueda hacerse preguntas porque ella parece un hombre", dijo el entrenador de la chica que, con 18 años es la máxima favorita en 800 metros. Su nombre, sin embargo, es incluso más elocuente que su cara. ¡Por favorrr! Se llama Caster Semenya y es favorita en 800 metros... No quiero ser grosera, pero... ¿qué otra duda puede haber?
Se ve que me pegó lo de Hustvedt, porque, en vez de seguir con el otro de Amélie que ya tenía comprado, pasé por una librería y me hice una panzada de esas que sólo mi padre. Aunque él, cuando terminaba de elegir, le daba la pilita de libros a mi vieja para que se ocupara de la cuenta, y en cambio yo tuve que pagar me, myself de mi propio pecunio. En fin, es principio de mes y parece que pronto la apoyatura de Mercurio en Virgo me hará brillar.
En tren de volar más alto, me compré el último de esta rubia migrañosa y cautivadora que hace rato dejó de ser solamente la mujer de Paul Auster. Claro que tratándose de Auster, imagino que debe haber infinitas maneras de ser Husvedt. Quien pudiera, al menos una...
Es que los Auster tienen ese no sé qué de las parejas que se han amado por mucho tiempo, o que hace creer que han vuelto a elegirse muchas veces. O que hace creer, y ya.
Pero a veces subo y a veces bajo. No sé si ya lo dije, pero Siri Hustvedt contó una vez que si podía volar tan bajito era porque también era capaz de volar alto. A veces elijo lo bueno, y a veces quiero desesperadamente lo que me hace mal. Busco el placer de un dolorcito al que ya me acostumbré. Porque después de todo, ¿quién no está más cómodo en terreno conocido? Por eso también es que a veces tengo que bajar.
Esta vez la quise desde el principio. Me reí con ella y no sentí que tuviera nada que perdonarle. Hacía rato que un libro no se me hacía tan divertido, cercano, profundo y sensible. Hacía rato que no leía de un tirón, contenta y sin desilusiones. Ni siquiera me enojó que terminara, tan justo y real me pareció el final de esa historiafreakie como la vida de su autora, como la de todos también a veces. Una historia de amores que hacen bien y ascensos zaratustrianos que coincidió con mi propio ascenso a la cima del Cerro Bayo, y hasta con mi propia comprobación del buen amor. Desde la cumbre, lo entiendo, lo sé: yo también quiero ser Zaratustra. Y antes del descenso por ese paraíso de nieve honda y casi virgen, por un momento, yo también lo soy.
"Ser Zaratustra significa tener, en lugar de pies, dioses que devoran la montaña y la convierten en cielo, significa tener, en lugar de rodillas, catapultas que transforman el resto del cuerpo en puro proyectil. Significa tener, en lugar de vientre, un tambor de guerra y, en lugar de corazón, la percusión del triunfo, significa tener la cabeza habitada por una alegría tan espantosa que es necesaria un fuerza sobrehumana para soportarla, significa estar en posesión de todos los poderes del mundo por la única y auténtica razón de que los has convocado y puedes contenerlos en tu sangre, significa no tocar tierra por un diálogo cercano con el sol."
La Angostura es un pantalón de ski talle XS que me prestó mi mejor amiga. Wayne siempre fue flaca flaca flaca. Sin stress, sin dietas, sin llame ya, ni lombriz solitaria, ni tecito adelgazante; desde hace unos años se compra postrecitos light y hace pilates, pero nunca, nunca en la vida, se fue a dormir con la culpa de "ese" chocolatín extra. Cuando le abrís la heladera, encontrás siempre torta del último cumpleaños que festejamos en su casa, helado que le llevaste hace un mes, e, invariablemente, un plato de fideos o de capelettinis a medio comer. Mi viejo, en cambio, no resistía irse a la cama sin antes comer un pedacito de chocolate Aero o de aquellos Aguila como de tierra que nunca más probé. Incluso después que se confirmó que era diabético, guardaba caramelitos sin azucar o algún bombón que garroneaba por ahí en su mesita de luz. Si no tenía nada, miraba a mamá con ojos lastimosos y le pedía, le suplicaba: "¿No tenés alguna cosita dulce para darme, querida?" Mi shrink me explicó una vez que esa necesidad de "algo dulce" a la noche, a veces es un indicador de falta de serotonina, y una de las formas clínicas de establecer cuadros de depresión. Who knows... Yo lo que sé es que no puedo guardar en la heladera una torta de cumpleaños por dos semanas: me la voy comiendo en el desayuno, y de postre, y a la hora del té, y, por supuesto, a la hora del bajón de serotonina nocturno. Pero ostento un récord notable: cuando estaba en sexto grado tenía un noviecito con el que bailaba en las fiestas. Para mi cumpleaños me regaló un Milka de los grandotes y un sticker espantoso de un perro con cara de triste y orejas caídas, de esos que venían con campera y gorra de beisbol, tipo los posters de los monitos que tantos chicos de los 80 colgaban en sus cuartos. Yo guardé las dos cosas primorosamente en una cajita celeste de Snoopy. Dos años y unos cuantos enamoramientos después, una noche abrí la caja... y me comí el chocolate. No recuerdo si era tan espantoso como el perro. Sí que conservé el papel unos cuantos años más.
Después de todo, el pantalón me queda divino, eh. Un talle más estaría perfecto, pero con los chocolates ricos que hay en Villa La Angostura, mas vale que lleve puesto un talle menos...a modo de cinturón gástrico!!!
No es que no haya temas, no hay tiempo. Tuve ganas de escribir por ejemplo sobre la pareja inglesa que se fue a morir a Suiza. Tan románticos, tan dignos, tan razonables, tan prolijos y legales como ese comunicado de sus hijos que todavía me emociona: "Después de 54 felices años juntos, decidieron poner fin a la vida en vez de seguir luchando con serios problemas de salud. Murieron en paz y en circunstancias que ellos eligieron". Tanto hablamos de planificación familiar...¿no sería esto parte del paquete? Digo, que pudiésemos acostumbrarnos a planear nuestra muerte, que tuviésemos el valor de permitir y permitirnos decidir cuándo y cómo dejar este mundo de la manera que nos alivie más a nosotros y a los que queremos... En fin. Ya pasó. Estoy pensando en reservar nuestros lugares cuando llegue el momento. Aunque es cierto que, por ahora, la reserva más certera que tengo es para viajar los tres, mi preciosa familia ensamble and me, a otro paraíso, pero terrenal. Partimos mañana a Villa La Angostura. Tengo otro "aunque", pero prefiero dejarlo para otro post, así no me essstrañan tanto, ja.
Dan otra vez la de Jack Nicholson con Diane Keaton, cuando llama mi vieja. Me dice que anoche estuvo ordenando papeles, que se encontró con las cartas que durante años se mandaron con papá. Que hoy no se quiso levantar de la cama hasta la cuatro de la tarde. Claro que no le dije nada. The naked truth? Me vulnera un poquito que me cuente intimidades. Sí, ya sé que no son tan íntimas si se tiene en cuenta que de adolescente debo haberlas leído media docena de veces, incluso en voz alta para mis amigas. En mi defensa, puedo decir que eran cartas bastante sugestivas...¿Qué otra adolescente desbordada de hormonas hubiera necesitado permiso para leerlas? Pasé el resto del domingo en plan ameba.
Denoche se pronuncia Denosh, como Juliette. Mirinda, como suena. A veces la gente se equivoca y me dice Miranda(!), como Carmen. A veces sólo se equivoca. Yo también, a veces. Como cuando era chica y explicaba: "Mirinda con "i", como la gaseosa". Para qué...