Ah, y lo nuevo: mi niño tiene un amigo isleño. Los miro y pienso que son como Tom Sawyer y Huck Finn los dos (y que mi niño es Tom, claro). Cuando le leo las historias de Mark Twain tengo que detenerme todo el tiempo para explicarle en contexto (para tratar de explicarnos) los comentarios racistas del tipo "el negro Jim es muy listo para ser negro" y tal. Pero eso no quita nunca el carácter insustituible de estas aventuras que al fin (Finn) y al cabo son las que todo niño de la edad de mi hijo -que, gosh!, ya tiene seis- debería tener derecho a soñar: viajes en balsa por ríos correntosos y encuentros con piratas, cuentos de embusteros y filibusteros vencidos con la ley del mayor ezfuerzo y botines por los que vale la pena arriesgar todo hasta el pezcuezo. Aunque nunca tanto como lo valen los amigos.
La Angostura es un pantalón de ski talle XS que me prestó mi mejor amiga. Wayne siempre fue flaca flaca flaca. Sin stress, sin dietas, sin llame ya, ni lombriz solitaria, ni tecito adelgazante; desde hace unos años se compra postrecitos light y hace pilates, pero nunca, nunca en la vida, se fue a dormir con la culpa de "ese" chocolatín extra. Cuando le abrís la heladera, encontrás siempre torta del último cumpleaños que festejamos en su casa, helado que le llevaste hace un mes, e, invariablemente, un plato de fideos o de capelettinis a medio comer. Mi viejo, en cambio, no resistía irse a la cama sin antes comer un pedacito de chocolate Aero o de aquellos Aguila como de tierra que nunca más probé. Incluso después que se confirmó que era diabético, guardaba caramelitos sin azucar o algún bombón que garroneaba por ahí en su mesita de luz. Si no tenía nada, miraba a mamá con ojos lastimosos y le pedía, le suplicaba: "¿No tenés alguna cosita dulce para darme, querida?" Mi shrink me explicó una vez que esa necesidad de "algo dulce" a la noche, a veces es un indicador de falta de serotonina, y una de las formas clínicas de establecer cuadros de depresión. Who knows... Yo lo que sé es que no puedo guardar en la heladera una torta de cumpleaños por dos semanas: me la voy comiendo en el desayuno, y de postre, y a la hora del té, y, por supuesto, a la hora del bajón de serotonina nocturno. Pero ostento un récord notable: cuando estaba en sexto grado tenía un noviecito con el que bailaba en las fiestas. Para mi cumpleaños me regaló un Milka de los grandotes y un sticker espantoso de un perro con cara de triste y orejas caídas, de esos que venían con campera y gorra de beisbol, tipo los posters de los monitos que tantos chicos de los 80 colgaban en sus cuartos. Yo guardé las dos cosas primorosamente en una cajita celeste de Snoopy. Dos años y unos cuantos enamoramientos después, una noche abrí la caja... y me comí el chocolate. No recuerdo si era tan espantoso como el perro. Sí que conservé el papel unos cuantos años más.
Después de todo, el pantalón me queda divino, eh. Un talle más estaría perfecto, pero con los chocolates ricos que hay en Villa La Angostura, mas vale que lleve puesto un talle menos...a modo de cinturón gástrico!!!
El domingo invité a una amiga a la quinta. Si no fuera porque fuimos en mi "coche" - cuatro ruedas y tres puertas de color gris perla que son lo más parecido a la independencia que conocí en mi ya no tan corta, pero sí intensa vida- fue casi un programa de la infancia. Nos esperaban mi madre con sus perros y un asadito justo a tiempo más ensaladas varias. Tomamos coca light y, luego, carrera hasta la pileta, para tirarnos de...¡bomba! Entre piruetas y destrezas varias creo que estuvimos más de una hora sin salir del agua. Cero glam: nos peinamos raro, nos pusimos la luneta y las patas de rana del enano y jugamos carreras con el flota-flota y el inflable de los Power. En eso, nos dimos cuenta que era la primera vez en unos cuantos años que íbamos a la quinta solas, o sea: sin novios, ni maridos, ni hijos, ni moros en la costa que alteraran un vínculo que alguna vez fue infantil. No sé si fue eso, la tarde tranquila, o el sol que nos quemaba la cabeza, pero, por un momento, sentimos que habíamos vuelto a ser las amigas del cole que se juntaban simplemente para jugar.
Mirinda se mira a sí misma, es autorreferente sin culpa, pero, al menos, no tiene un perfil en Facebook.
Mirinda cree que el Facebook es una metáfora de una sociedad que no sabe hacer más que mirarse el ombligo, o espiar sin compromiso a ver qué hay en el ombligo del otro.
Los amigos virtuales pasan, comentan, revisan las fotos, y si quieren se van a la página de otro amigo más interesante, vuelven a la suya, o cierran la sesión.
Los amigos virtuales son un número que está ahí para que uno no se sienta solo mientras selecciona y sube fotos de su vida, mientras selecciona y sube partes de su vida, las que quiere ver, las que quiere mostrar para que sean reales. (Vaya paradoja si para que algo ocurra, para que sea cierto, hay que volverlo virtual)
A Mirinda le parece que el Facebook es muy pajero. Una vez Ludovica Squirru dijo en Sábado Bus que los argentinos eran así y se ganó unas cuántas críticas, aunque también un auto. Pero es así, son así los argentinos, el Facebook y esta sociedad que eligió mirar hasta donde le conviene, hasta donde puede pasarla bien.
Y nadie puede decir tampoco que eso esté mal. Lo que pasa es que, después de un tiempo, tiende a ser aburrido. Quizá porque lo que pasa...está en otro lado.
Denoche se pronuncia Denosh, como Juliette. Mirinda, como suena. A veces la gente se equivoca y me dice Miranda(!), como Carmen. A veces sólo se equivoca. Yo también, a veces. Como cuando era chica y explicaba: "Mirinda con "i", como la gaseosa". Para qué...