Me harté de los blogs, de los bloggers, de los sites, de la web, de las páginas, de las vidas virtuales. Me harté de la información desconfiable en tiempo real, de las ventanas abiertas, de tener que escribir la risa, jjajajaja. Me harté del album de fotos, de feizbuc, de tuiter, del qué-estás-pensando-ahora, de los seguidores. Hoy la resistencia es elegir desconectarse; la matrix no necesita de tipos con cables en la cabeza o microchips en la oreja: sus canales son mucho menos visibles. Así de sutil es el poder.
En fin, digo que me harté y quiero decir que resistiré. Volveré a escribir sueltitos en papel de servilleta, sentada en un bar con un pucho y un café. Los últimos románticos han renunciado a estar en red; parece que eso es hoy vivir afuera del sistema.
Ahora parece que mi abuela también tuvo varios candidatos después de enviudar, pero mis tías no aceptaron que volviera a casarse. Me lo cuenta mi hermana, por teléfono. "Hasta tuvo uno millonario, pero se los espantaron a todos y al final se quedó sola." La anécdota no tarda en dar con la moraleja: "No vas a hacer lo mismo que ellas, no?". Y no, claro que no. Le digo que no. Que yo también quiero que la vieja sea felíz. Lo que no quiero es saberlo, ja.
"La intimidad de los padres debe ser... de los padres", le dije ayer a mi cuñada, que desearía que su mamá también tuviera un novio. "Es muy dura la soledad, ella me cuenta. Están los hijos, los nietos, pero eso no alcanza: a todos nos gusta tener un compañero", me dijo. "Mamá ya tuvo uno", refunfuñé.
Pienso en las grandes historias de amor de todos los tiempos: qué sería de ellas si todas las heroínas sucumbieran a la necesidad -tan humana, pero tan trivial- de "tener un compañero". Cuando Harry murió, Sally conoció a su nuevo novio. Scarlett tardó quince minutos en olvidar a Rhett Buttler. Oliver Barrett se casó con una chica rica al año de enterrar a Cavalleri.
No señores. El amor grande está hecho de hombres y mujeres solos que pasan la vida esperando o añorando; de la reciprocidad de un momento, frente a la angustia de una vida.
Yo quiero un amor así, uno de "morirme contigo si te matas y matarme contigo si te mueres". O nada. Que pasen de mí los compañeros. Yo me acompaño solita. O me compro un perro.
No le pude contestar a mi cuñada por qué preferiría no saber tanto de la vida de mamá (tanto, algo, que tiene novio, eso). Pero quizá eso explica también su necesidad de un compañero. Todos necesitamos saber que alguien se preocupa por nosotros de verdad. Todos queremos tener quien nos dé las buenas noches antes de dormir, quien se interese por lo que tenemos para contar... ¡una madre, ja! Como la mía. Mi compañera desde hace 32 años; con sus historias y sus histerias, sus días de víctima y lágrima ríos; su capacidad para reirse de ella misma y hasta bancarse que nos riéramos de ella; sus días y sus noches cuidando a papá, mucho antes de que estuviera enfermo, cuidándolo nomás; su incondicionalidad... Su presencia, hoy, en casa, conmigo, haciéndose la concentrada mientras jugamos los tres a La Pista del Crimen, cocinando "algo para la noche" mientras yo me siento y escribo un rato para que no tengamos que hablar tanto. Me dió culpa: flor de hija se echó. Está lindo para tomar un gin tonic. Le voy a ir a ofrecer uno. Para romper el hielo...
Mi papá se parecía a Gregory Peck. El otro día ví por primera vez Roman Holiday y me dí cuenta. Qué buenmozos eran ambos. Y qué gran película romántica. ¡Qué gran final de película! La princesa que quería vivir fue la primera película que protagonizó Audrey Hepburn y la que dejó aquella eterna postal de su gracia sobre un motorino. La que impuso su belleza de cintura mínima y mirada lúcida. La verdad es que me gustaría volver a Roma poniéndole menos presión a la cosa. La última vez que estuve ahí me forcé a pensar que podía ser una ciudad para quedarme. Es muy raro juzgar a los lugares desde esa mirada. Uno no puede sentir de la misma manera las calles a las que probablemente tenga que volver, igual que no puede hacerlo frente a quien quizá tenga que ver al día siguiente. Quiero decir, las relaciones con las ciudades se parecen a las que entablamos con las personas. Las amamos, las detestamos, nos son indiferentes, nos gusta volver a verlas de vez en cuando. La vida. Tengo ganas de volver a ver a Roma, y a Mar del Plata. Quiero conocer un poco más a Londres. Todo el tiempo me dan ganas de estar en Nueva York. Me gusta Buenos Aires. Alguna vez quisiera volver a ver a Hong Kong de noche, iluminada. Todavía no sé si quiero reencontrarme con Cañás. Con Comodoro me pasa igual. No tengo planeado pasear por Bahía Blanca. Muero por conocer a Puebla, a Cartagena. Y digo todo esto porque viajar es también permitirse ser otro por unos días. Como Audrey, como la princesa Ann. Eso lo leí en un libro sobre la China que saqué de la biblioteca del diario antes de ir a Hong Kong. El autor era un tal Ovejero. Y decía -qué flash-, no lo de Audrey, sino lo de viajar. Y es así. Los viajes te permiten correrte de tu rutina por unos días. Jugar desde otro lugar. De visitante, ja. Da adrenalina jugar de visitante, reconocer la cancha ajena. Audrey ganó un Oscar por su papel en Roman Holiday. Dicen que para la famosa escena de la Bocca della Verità, Gregory Peck (papá, je) improvisó. No estaba en el guión que fingiera que le mordía la mano y por eso la reacción de ella es tan genuina. Dicen que él decidió esa misma tarde que el nombre de Audrey Hepburn tenía que figurar como el de él, antes de los títulos. Y no se equivocó.
Este es mi hard candy del día (de la semana, del mes... ¿del año?): mi mamá tiene novio. Está "bien", dice, "contenta", le dió mucho miedo reencontrarlo después de tantos años. Tuvieron una relación mucho antes de que ella conociera a mi viejo. Lo dejó cuando vino a vivir a Buenos Aires. Dice que hace unos meses él se enteró que ella había enviudado y la llamó por teléfono. Al principio, ella no lo quería ver "porque tenía miedo de que con eso se perdiera el romance", dice. ¡Tiene un romance! Cuando se encontraron, en un restaurante de Belgrano, él la reconoció en seguida. Aunque tuviera el pelo corto, aunque ya no llevara flequillo, detrás de las arrugas y los kilos de más. La semana pasada volvieron a verse en su campo, pero ella me dijo que se iba a San Pedro con una amiga. Y no quiere mentirme. Ya se sabe como son estas cosas, a ver si pasa algo y yo me quedo con la espina, sin entender qué hacía ella ahí con ese hombre. (La verdat es que mi mamá siempre se preocupa "por si pasa algo". Dice que siempre tengo que tener un camisón nuevo, "por si pasa algo". Que use bombachas lindas y decentes, "por si pasa algo".)
Dios, ella está contenta. Mi viejo se vuelve a morir, se muere un poco más, pero ella está contenta. A mí me alegra verla bien, que esté ilusionada, a su edad. Justo hoy en la revista, estaba buscando casos de historias de amor en la vejez. Cosa 'e mandinga. Cada vez creo menos en las casualidadades.
A mi hijo la muerte de Mercedes Sosa le recordó a papá. A mí, todas las muertes. Todas las vidas. Cada vez que sale un libro nuevo, cada vez que encuentran una cura para el cáncer o que alguien se enamora, me duele que no sea para él: el libro, la cura, el amor.
Yo siempre creí que había sacado el sex appeal de papá, pero debo haber estado equivocada. Hay que ver que mi vieja, sin ser rica, ni joven, ni hermosa, logró enamorar a un señor, otra vez.
Por la tele anuncian que murió Betty Flores, la mujer del actor Alberto Anchart. Pasan imágenes de su casamiento, unos meses atrás, después de 48 años juntos. Ella tenía 67; él 77. Mamá tiene 64, como Paul.
Estaba cambiando de canal y me encontré con Casino. Me gusta esa película, y más porque me gustaba verla con mi viejo, y cuando la veo vuelvo a ser esa chica segura que se sentaba a ver películas con su papá. Segura porque sabía que alguien me estaba cuidando, siempre, no importa si me portaba bien o mal, estaba ahí.
En fin, no es eso. Quería hablar de otra cosa. ¡Qué linda mina que era Sharon Stone, carajo! En los 90 todas las minas eran más lindas. O al menos se empezaban a arruinar más tarde. Ahora la más diosa no duda en llenarse la boca de colágeno hasta tener unos buenos labios de churrasco; estirarse un poco el párpado para dar más gata; rellenarse los pómulos, porque se usa anguloso.
Ayer estaba viendo unas fotos para la revista de supermodelos de esa época. ¡Dios! Claudia Schiffer, Naomi Campbell, Cindy Crawford, Linda Evangelista, Christy Turlington, Herzigova, Helena Christensen. Tremendo. Debe haber sido un hecho inédito en la historia de la humanidad, que se diera esa mezcla genética que produjo que en la misma década convivieran bellezas tan perfectas. Tan personales. Y tan seguras, no? A lo mejor es que después de todo estaba hablando desde el principio de lo mismo.
Tuve que ir hasta Atenas para descubrir quién soy. Me impresionó ver de cerca el legado del mítico poder de Atenea Nike, fruto del peor dolor de cabeza de Zeus, fuerte, guerrera, luchadora. Tuvo que partírsele literalmente la cabeza a un dios para que ella emergiera victoriosa, alada, sabia y protectora. Es cierto que tiene mucha más prensa Afrodita, con su belleza endiosada, y yo creo que no es casual. Parece casi una dicotomía entre la mujer poderosa y la hecha de sal; la que entiende y protege, frente a la que desata guerras en nombre del amor. Lo que es a mí, es claro que me conmueve más la garra de Atenea que todas las promesas de Afrodita. (De pronto me parece que soy más fuerte que el Olimpo. Al fin de cuentas, no era tan fuerte: apenas le quedan un par de columnas en pie...)
Yo los domingos me deprimo. Pero ojo que la mía es como una depresión en el buen sentido, más para arriba, porque después de todo la elijo. No es que viene por mí y me hunde en sus penumbras. Soy yo la que cierra los ojos y se hace bolita para que se acomode.
Me gusta quedarme en casa, ver películas, fumar y tomar litros de té y coca light. Hacerle cosquillas en el cuello a mi hijo para que se ría como cuando era chiquitito. Llorar, leer, escribir, contarnos chistes absurdos y hacer scketches. Hablar por teléfono, no mucho, pero hablar con la familia y los amigos. Angustiarme anticipando el lunes.
Yo lo domingos me deprimo, me quedo en pijama todo el día y me pongo un saquito viejo. No hago las camas, no lavo platos, no ordeno. Desparramo los diarios en el piso, pongo música y me limo las uñas.
A lo mejor es que soy más religiosa de lo que creo. Es mi ritual personal de hedonismo anti new age. Para mí, está bueno. Me deprime un poco, pero qué se yo. Se ve que también un poco me gusta, no?
Hoy fue un día fatal. La gente se peleaba en el trabajo y yo traté de sobrevolarlo despacito, sin prisa pero sin pausa, para no enroscarme en la cosita. Ahora se me pegó decir "la cosita". No como alusión de erotismo traicionado; la cosita es más bien lo que pasa, lo que queremos que pase o suponemos que pasará. La cosita es la vida; algo magnificado, algo que vale menos de lo que suponemos. Soy una versión más divertida de mi misma. Estoy a gusto en el papel, tengo el physic du rol, qué sé yo. Parece que la paso bien y me la creo. Pero en el fondo sé que no, porque soy otra. No sé cuál, ni qué querría. Estoy en otro lugar. Siempre en otro lugar. Corriendo marcha atrás sobre una alfombra que se mueve.
A veces pienso que todo es un error de traducción, que es hablando cuando no nos entendemos. Como si cada uno manejara un idioma diferente -único-, sólo franqueable con (algunos) gestos. Casi nunca entiendo bien el tono de los mensajes de texto. No me llevo bien con la frialdad del mail. Ni siquiera me siento a gusto hablando por teléfono. Corto invariablemente las comunicaciones antes de que mi interlocutor haya dicho adiós, cuando no me distraigo con otra cosa y simplemente me pierdo una parte del final. Papá lo llamaba "hacer una abstracción". El lo hacía también cuando iba manejando, o cuando se aburría en las sobremesas. Pensaba en otra cosa, se perdía en un mundo que yo siempre imaginé infinito y mucho más entretenido que la vida real. Y eso que él sí sabía disfrutar de las cosas, mi padre. Yo, en cambio, no tengo siquiera un mundo privado que me interese tanto. Pero me cuesta estar demasiado atenta a lo que pasa de verdad. Apenas me pierdo imaginando el suyo, ese que ya no hace falta traducir.
Denoche se pronuncia Denosh, como Juliette. Mirinda, como suena. A veces la gente se equivoca y me dice Miranda(!), como Carmen. A veces sólo se equivoca. Yo también, a veces. Como cuando era chica y explicaba: "Mirinda con "i", como la gaseosa". Para qué...