lunes, 11 de marzo de 2013

Perfectos desconocidos

Me río mucho más de lo que no se dice. Y, ahí sí, casi siempre me pongo colorada.
Prefiero no adivinar del todo a las personas. Quizá porque no descarto que el juego que no veo pueda ser pocker de ases; porque lo que quiero es que me ganen.
Adoro la potencialidad de perfección de lo desconocido.

Otra vez, del lado oscuro de la luna

Pensé que si vuelvo a escribir quizá me cure. Se trata de llenar los tiempos muertos con palabras, de pensar en las palabras para no perderme.
Vivir en un laberinto oscuro con descansos luminosos, vaya trampa. Porque hay luz, una se aferra y sigue dando vueltas para encontrarse una y otra vez frente a la propia sombra. Y es una sombra que ni siquiera reconoce, de tanto andar en la oscuridad.

Loneliness

A veces cierro los ojos y me concentro en soñarlo. Ahora que ya no lo espero, ahora que sé que no será su voz al levantar el teléfono, ahora que empieza a costarme recordar como le explotaba la risa en la boca es cuando más lo extraño. Yo pensaba que el tiempo iba a ir cambiando las cosas. Pero, la verdat,  lo único cierto es que ya me acostumbré a su ausencia.

Un dolor resignado no es por eso menos demoledor.


jueves, 3 de febrero de 2011

Girls talk

Estamos las dos sentadas en un café inmaculado, ensaladitas de por medio y brindando con coca. Sabemos lo que vamos a decir antes de empezar a hablar. Es la misma imagen de siempre, de cuando compartíamos el banco y los juegos, en segundo grado; o las fiestas y los chicos, en la secundaria. La misma de los duelos y los logros compartidos.
Hablamos de cosas serias, pero nos interrumpimos para preguntarnos de dónde es la camisa que tenemos puesta. Y nos reímos, y seguimos charlando relajadas de lo que más nos estresa. Y nos hacemos bien y, cuando nos vamos, nos sentimos más contentas, más livianas, más seguras. Y nos elegimos otra vez, como siempre, como sólo pueden hacerlo dos amigas de toda la vida.

lunes, 24 de enero de 2011

Somewhere

"La eternidad es una imagen hecha con sustancias de tiempo", dice Borges. Yo, muy memoriosa, pero mortal al fin, creo en los ciclos y en los instantes definitivos, y voy por la vida buscando señales.
Una vez más, estoy de vuelta. Es puro instinto: en cuanto empiezo a estar cómoda, encuentro cómo complicarme. Y a veces también huyo de las señales. Después de todo, sé que me hice a fuerza de volantazos. La vida no es más controlable sólo por parecerse a veces a un circuito.



(Pego el trailer, pero buscaba en realidat la escena del principio de Somewhere, esa de la Ferrari girando loca, como una llave, en medio del desierto.)

domingo, 4 de julio de 2010

Don't look back in anger

Hace dos meses que ni pasaba por acá. Algunos creen que los blogs han muerto. Yo, por si acaso, despunto el vicio. Ahora que se terminaron yo asumo como propio este lugar, lo que se dice llegar tarde.



(Y bueno, cosas de chicas, a mí me gusta Oasis. Nada fanática eh, ni un disco tengo, y hace mucho que no escucho nada de ellos. Pero me vino el título del hit a la cabeza; yo creo que es muy oportuno.)

martes, 20 de abril de 2010

Mi abuela, la modista

Mi abuela nació en 1918. En sus últimos dos cumpleaños se lo tuve que recordar. La primera vez, insistía en sumarse años. La última, más a tono con los tiempos, se los quitaba. En ambas ocasiones también yo insistí en corregirla. En ambas, terminó por responderme: "Pero nena... si al final, la que los carga soy yo".
Hace años que apenas si recuerda quién fue y, sin embargo, el otro día me dijo que se iba a comer los bombones que le había llevado yo "entre puntada y puntada" y que la fuera a visitar a su pueblo, pero que le avisara con tiempo: "Ando siempre con algún trabajo de costura; entonces, si sé que venís, me apuro para terminarlo antes que llegues".
Hace años que no me llama por mi nombre y eso que durante treinta años jamás dejó de repetirme que yo era lo más importante que tenía. Mi abuela siempre me dijo que yo era linda y buena e importante; "todo mi capital", le decía a la gente cuando hablaba de mí. Aunque yo todavía quiero leer en su mirada el cariño de siempre, sé que es probable que se lo haya olvidado junto con tantas cosas. Por eso es que me resulta tan tierno que tenga en cambio tan presente cada puntada y cada trabajo de costura.
Mi abuela era la modista del pueblo. "Puntada tras puntada" hizo su casa, se ganó la vida. Con buen gusto aprendido de tanto repasar figurines y a fuerza de un sentido común que la obligaba a buscar los mejores cortes para sus clientas. Juró frente a una madre gorda, que cambiaba de medida a cada prueba, que no perdería nunca la elegancia. Aún ahora es una señora bella y distinguida. Simple, porque para lucirse estaban las clientas o, en su defecto, mi madre y yo. Pero simple con esa simpleza que tiene autoridad.
Me da pena no poder contarle que ahora yo también hago algo que tiene que ver con la moda. Me da pena porque me hace pensar que en la vida de una familia nada es porque sí. Que cada una lleva una especie de karma colectivo que emparenta aún más a una generación con la otra. Me da pena porque sé que estaría orgullosa de poder contárselo a la gente, "entre puntada y puntada".

miércoles, 31 de marzo de 2010

Marzo

Acabo de darme cuenta de que mi único post del mes de la mujer es sobre la violencia de género.
Gosh! Qué ojo pa' el homenaje... Cosa 'e Mandinga, como diría Mendieta.

Quemados

El caso mediático del día es el de una chica a la que su novio prendió fuego tras tenerla cautiva una semana. Es una de esas historias que tienen eso que genera empatía: ella es una chica de clase media, prolija, coherente, que muestra en fotos las marcas que le dejó. Ocho años estuvo de novia con el muy conchudo... ¡ocho años! El tipo no es un borracho perdido, no: es un médico con cara de gil. Es la pareja que uno menos asociaría con un caso de violencia familiar. No pensás que el doctor amable que te atiende en la guardia vuelve a su casa a someter a su mujer. Pero por los índices de violencia contra las mujeres que hay en este país, es muy probable que al menos cuatro o cinco veces a la semana interactuemos con un hijo de puta como este. Creepy, no?
Hace poco también el baterista de Callejeros terminó por prender fuego a su chica en medio de una discusión violenta. Parece que entre las bestias se puso de moda la piromanía. Ella no vivió para contarlo. A él lo metieron en cana, pero no por eso. Fue por tener una planta de marihuana en el balcón. Parece que todavía es más grave tener una plantita en el balcón que quemar a tu mujer. No hay pudor para meterse en la intimidad de alguien, pero se mira para otro lado ante cosas graves y públicas. Como mensaje es muy fuerte. No sé quién es el que determina dónde está el bien común. Pero a veces me parece que la está pifiando mal...


miércoles, 17 de febrero de 2010

Volver

Tire los nardos marchitos y vacié el agua del florero en la pileta del lavadero. Traté de no respirar, pero igual se me llenó la nariz de olor a muerte, a cementerio. Del olor del agua vieja de esos floreros de lata que tenían los cementerios de antes. Puede parecer extraño, pero con ese olor me invadió también cierta nostalgia.

Es que cuando yo era chica, la muerte todavía no se había pasteurizado tanto. Si íbamos a Cañás, mamá me despertaba a las 5 de la mañana porque había que pasar por el Mercado de las Flores, y llenaba el baúl del auto con ramos enormes de crisantemos envueltos en papel.

Llegábamos al pueblo a eso del mediodía y creo que lo primero que hacíamos era ir al cementerio. Debe hacer más de veinte años, pero todavía me acuerdo de memoria cómo era el camino hasta la tumba de mi abuelo, que era un cuadrado grande y de mármol oscuro con una especie de monolito encima sobre el que se iban agregando las fotos color sepia de los difuntos de la familia.

La base de la tumba era de tierra y estaba cubierta de piedritas blancas. Mi tarea principal era arrancar los yuyitos que crecían entremedio y yo la tomaba con enorme responsabilidad. También limpiábamos con un trapito el bronce de las lápidas, y a veces me mandaban hasta la bomba para vaciar, lavar y cargar los floreros con agua fresca. Yo volvía haciendo equilibrio con los tarros para que no se me volcara el agua y no puedo decir que me dieran miedo o que no disfrutara de aquellos paseos por los panteones.

Después, mi abuela me pedía que le acompañara a llevarle flores a unas tías y a una maestra que había muerto soltera y sin nadie que la recordara, y repetíamos la operación de los floreros con igual dedicación. Los de los nichos eran de vidrio, cosa más asquerosa, porque ya de entrada se veían las marcas del agua podrida que habría que refregar.

Cada tanto, parábamos para saludar a alguna conocida -salvo por los sepultureros, los vivos que andaban entonces por los cementerios casi siempre eran mujeres, como en aquella maravillosa escena de Volver, la del principio-. Se hablaba del tiempo y de los últimos velorios; se elogiaban las flores ajenas (sobre todo las nuestras, que eran de Buenos Aires), se deshojaba algún chisme. En fin, se pasaba el rato y el rito, sin morbo, entre los muertos.

No. Los cementerios de Pilar no tienen floreros. En la entrada hay señoritas de traje sastre y negocios donde venden coronitas de rosas y claveles para apoyar sobre las lápidas. No hay que limpiarlas, ni arrancar yuyos. No hay conocidos, ni siquiera tantos muertos queridos a los que visitar. Y en todo caso, es difícil recordar el camino hasta sus tumbas, porque ahora todas las tumbas se parecen, como las casas de algunos countries.

¡Qué sueño aburrido el de los nuevos muertos! Siento nostalgia hasta de la muerte.